RON Sanblas
jueves, 28 de febrero de 2019
viernes, 20 de enero de 2017
El trago se fabrica sin control, pero es el sello de 19 provincias
En Manabí lo llaman currincho; en Guayaquil, guanchaca; en el norte
de la Sierra, punta. En Cotopaxi y otras zonas del país es aguardiente,
puro, fuerte o, simplemente, trago. Nace en los cañaverales que se
resisten a desaparecer en el subtrópico de la Costa y las estribaciones
orientales.
Cuando es bien elaborado se caracteriza por ser cristalino. Los
tomadores dicen que sienten como si les quemara la garganta, el
estómago, pero suave y en el primer trago. Por eso los médicos
recomiendan beberlo con prudencia. Y es el invitado de honor, puro o
compuesto, en las fiestas paganas de varias localidades ecuatorianas y
es el convidado en estas fiestas de Navidad y fin de año.
Su producción, venta y consumo se realiza sin control de ninguna
autoridad de Salud, por eso beberlo tiene sus riesgos. Todo se realiza
con base en la experiencia que asegura tener cada uno y a la “buena
mano” de quien lo hace. De forma artesanal se lo elabora en 19 de las 24
provincias del país.
“De aquí lo llevan para Quevedo, Guayaquil, Latacunga, Quito y otras
ciudades. Yo les cobro un poco más, pero saco un producto de calidad,
porque la fábrica (destilería) es de cobre”, dice Gualberto Saa,
productor del subtrópico de Cotopaxi, en el recinto El Oriente, a 20
minutos de la ruta La Maná-Latacunga, zona donde la neblina y la garúa
son constantes.
La fábrica de Saa consta de una moledora de caña a motor, una caldera
y un alambique de destilado. Allí, el trago sale primero de 90 grados,
luego de 80, 70, 60 grados. De 50 grados para abajo se lo considera
rechazo. Allí, el litro de puro de 60 grados vale $ 1,50, el de 90
grados, $ 3. Aunque Saa tiene una apreciable demanda para los 400 litros
que por semana elabora, él, con la ayuda de su hijo Jorge, prefiere
hacer compuestos con frutas, especialmente de la zona como cacao, café,
guayaba, banano, mora, frutilla, entre otras.
Relata que en una olla coloca la fruta y un poco de agua hirviendo.
Luego pone el trago cristalino y con él hace macerar la fruta. A los 5
minutos lo saca, lo cierne y envasa en botellas de vidrio. Y el licor de
frutilla aparece con una tonalidad rojo anaranjado, brillante. “Tiene
sabor a whisky, aunque algo dulzón y sabor a fruta”, dice un consumidor.
La botella la vende a $ 2. El licor de durazno es el más caro. Cuesta $
3.
Saa es uno de los cinco dueños de fábricas en esta zona que pertenece
a la parroquia El Tingo de Pujilí, aunque la comercialización se hace
en La Maná. Entre los cinco producen unos 2.000 litros por semana, pero
otra cantidad igual la producirían pequeños finqueros.
El productor de trago dice que decenas de campesinos dejan de
cultivar caña y procesar trago porque se requiere una alta inversión. La
destilería cuesta unos $ 10 mil; la mano de obra, $ 7 diarios. Por eso
se le da el valor agregado y también se trata de convertirlo en
atractivo turístico. Saa y Jorge Hidalgo, productor del vecino recinto
El Palmar, reciben a grupos de turistas, a quienes muestran cómo se hace
el trago y les ofrecen comidas típicas. Esto dista de lo que sucedía
hasta 1972, cuando el Estado prohibía la venta.
La producción de licor y la disminución de cañaverales es similar en
Echeandía y otras zonas de Bolívar; igual en Miraflores, subtrópico de
Chimborazo, de donde sale el que se conoce como trago de Bucay.
Óscar Velasteguí es uno de los más grandes productores de Echeandía.
Elabora pájaro azul, un licor característico de esta provincia, y otros
compuestos con diversas frutas. A su local, en la cabecera cantonal,
llegan clientes de Babahoyo y otras zonas, como Teresa Justillo y
Bélgica Carvajal y sus hijas. Ellas son de Ventanas y el martes 21 de
diciembre adquieren 10 botellas para dar la bienvenida a un pariente
migrante.
Velasteguí producía hasta mil galones semanales hace dos décadas,
cuando entregaba a las embotelladoras industriales. Hoy produce 400
litros. “Solo compran alcohol industrial y ya no usan el aguardiente,
que es más sano”, refiere el productor. Coincide Hugo Revelo, quien
también produce 400 litros semanales en Miraflores.
Él entrega principalmente a los vendedores de Santa Rosa de Aguas
Claras, localidad de Bolívar vecina a Bucay. Allí hay nueve puestos
donde ofertan coloridos tragos, hechos con colorantes. Mila León, de 48
años, es la iniciadora de esa actividad. Dice que hierve agua con
azúcar, colorantes y saborizantes y añade el puro.
Es reconocido también el trago de Junín (Manabí). Se lo hace en la
comunidad de Agua Fría, a 10 minutos del centro cantonal. Sus
productores señalan que este trago, al que se lo llama currincho, es el
símbolo de Manabí y es uno de los más codiciados en las fiestas, como
las de San Pedro y San Pablo.
Son más de 20 los productores de currincho, bebida hecha sin
químicos. Simón Velásquez tiene más de 12 años elaborando. Se abastece
de la caña de su hacienda de 12 hectáreas. Una de las razones del alto
consumo de esta bebida, señalan los tragueros, es el bajo costo, pues se
vende a $ 1 el litro. Incluso propietarios de empresas de aguardiente
refinado como Cañón y Caña Manabita compran a determinados productores
de currincho de Agua Fría.
Hay sectores, como en Zamora Chinchipe, donde al trago se lo asocia
con leyendas y con costumbres ancestrales. Una de estas es la guayusa,
el puro mezclado con el extracto de esa planta amazónica. A esa bebida
se le atribuye poderes para el amor. Cuenta la gente que si a una dama
le gustó un hombre y quiere conservarlo para toda la vida, lo invita a
su casa y le da de tomar la bebida. Mientras hierve el agua, la novia se
restriega la guayusa en su pierna, reza la oración de San Antonio
bendito, patrono de los novios, rogándole que jamás le abandone.
En esta provincia se elabora también el 7 pingas, con propiedades
afrodisiacas, entre otros licores que incluso tienen patente y se
exportan a EE.UU. México, Canadá y Europa.
En la producción y venta hoy en día no hay ningún control. Solo vale
la experiencia y el ingenio. En algunos casos también prevalece la
viveza del vendedor, que lo mezcla con agua para ganar más, como los
bolos o botellas que se venden a 50 centavos de dólar en sectores
populares de Guayaquil.
Álvaro Ponce, presidente de la Asociación de Médicos del hospital
Verdi Cevallos, de Portoviejo, indica que las complicaciones por el
consumo excesivo de alcohol fermentado u otra bebida con químicos pueden
ser letales, si se lo hace con exageración. Una persona puede tener un
límite de bebida de hasta 250 ml (60 grados de alcohol como mínimo),
caso contrario habría una intoxicación que a mediano plazo ocasionaría
una pancreatitis y a futuro una diabetes y una cirrosis.
Ponce sostiene que las personas deben ser prudentes a la hora de beber estos tragos, sobre todo si tienen químicos.
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